domingo, 22 de noviembre de 2009

Donde habitan los recuerdos...

Dicen que al rememorar los primeros años de nuestra vida suele dibujarse en el rostro adulto una suave y prolongada sonrisa. Mis ojos son, en este momento, ese espejo que refleja la nostalgia de un tiempo que solo prevalecerá en la memoria de quien lo vivió. Es la edad de la inocencia ese pequeño gran tesoro a preservar en lo mas profundo de nuestro corazón.

La lluviosa tarde del 31 de Octubre de 1980 nació en el madrileño hospital de "La Paz" el que para mis padres fue el cuarto y último hijo, es decir, yo. No fui planeado, llegué de improviso tras un descuido con el DIU. Dispositivo que, presumiblemente, se desprendió del útero sin que mi madre se percatara. La cuestión es que nueve meses después llegaba, al que aún hoy es mi domicilio, el hermano de Juan Manuel, Sebastián y David.

El primer flash-back de los años previos a mi nacimiento procede de una cuna con barrotes plateados y recubierta con una redecilla blanca. Yo dentro, en pie, empujando de ella hacia arriba e intentando salir. Según cuenta mi madre, tuvieron que ponérmela para prevenir mi instinto suicida. Seguro que no fue alarmante pero ella tiende a magnificar todo cuanto le rodea. Innegable su sangre gaditana, la misma que riega a toda mi familia.

Desde mi infancia fui un niño extraño, particular. No lo recuerdo con precisión pero comentan que prefería permanecer en el patio de la escuela dando de comer a los hambrientos pajarillos, y todo tipo de bicho raro, a seguir encerrado en clase junto al resto de compañeros haciendo garabatos. La maestra Puri, por quien sentíamos una firme devoción, cuidaba de que nadie me enfadara, pues como acto de rebeldía abría la puerta del aula y recorría cada rincón del colegio hasta que algún profesor conseguía alcanzarme. La divertida hazaña fue motivando a los demás así que optaron por tomar las medidas pertinentes para prevenir males mayores.

Recuerdo una tarde, con cinco años, jugando con María del Encinar (amiga y compañera) en el teatro rojo de madera que teníamos en la aula. Nos fascinaban las marionetas del cuento de Blancanieves, crear nuestras propias fábulas, seguramente ilógicas y absurdas, pero envueltos en esa magia trancurrían, mas amenas, las intensas jornadas del colegio. Entretenidos estábamos precisamente en eso, cuando le propuse escondernos. Nadie se percató, cerraron el colegio dejándonos allí hasta que ambas madres alarmadas al no encontrarnos, se acercaron a los cristales y nos descubrieron encerrados. Aquello fue una odisea, que finalizamos saltando al exterior por una ventana, en ausencia de llave que nos liberara del provocado encierro hasta que llegara el servicio de limpieza. Ahora entiendo, de donde proviene tanta afición por el teatro...

Regocijo en mi rostro cuando me siento en los dos escalones que dan acceso a la casa y veo ese pequeño corazón indomable, con espíritu aventurero recorriendo cada calle de este barrio con el triciclo blanco y viviendo grandes emociones. Él y yo éramos inseparables. Perderlo fue un sufrimiento que nunca logró suplir ningún otro. Representaba un símbolo de libertad. Comparable posiblemente con esas almas rebeldes e indómitas que interpretaron Susan Sarandon y Geena Davis en la mítica "Thelma & Louise". Quien no soñó atravesar el mundo así, sin leyes, sin apegos, sin prejuicios, simplemente viviendo, dejándose llevar... ¡Lancémonos a la aventura!

Contaba con unos siete años cuando en las crudas noches de invierno, mientras todos dormían, abría la ventana de mi habitación y llamaba a mi gato Pixie, un angora blanco salpicado de motas negras, para que subiera a mi ventana y poder guarecerlo del frío en la alfombra que había debajo de mi cama. El problema surgía cada mañana, me lastimaba sacarlo antes de que mis padres lo descubrieran. Pero la mayoría de los días, cuando me despertaba y lo veía tan acurrucado, mirándome con esa carita tan graciosa, metía la alfombra hasta el fondo de la cama y le dejaba allí calentito, sabiendo que, a la vuelta del colegio me esperaba una reprimenda por parte de mi madre.

Un profundo olor a verde floresta procedente del final de la calle envolvía cada rincón de este apacible barrio. La última casa, donde se adormecía tras su viaje la brisa veraniega, pertenecía a mi vecina Mari Tere. Ella y yo, algunas tardes, tras la obligada siesta, íbamos a jugar por los terrenos de una granja totalmente derruída y situada en las proximidades. Aquel era un hermoso paraje lleno de vegetación donde nos divertíamos cada día con algo nuevo maquinado por nuestra imaginación. A veces explorábamos el lugar, otras construíamos cabañas creyendo ser apaches o, en ocasiones, correteábamos por toda esa naturaleza salvaje en busca de salvamento para evitar ser picoteados por las gallinas y patos de las vecinas, a quienes hacíamos rabiar constantemente.

Pasaba horas grabando en la cassettera todo cuanto comentaban en casa, o sino me grababa a mí mismo cantando o leyendo cuentos. Tenía una voz dulce y cómica. Es gracioso escucharme ahora leyendo "Pulgarcito", más de veinte años después.
Conservo aún las cintas rojas de aquellos años, junto a otras cosas, en un pequeño baúl donde habitan los recuerdos más significativos de mi vida.


Tantos momentos felices, pequeños rastros de mi paso por el mundo que esta noche he decidido compartir con cada uno de vosotros.






=> FOTO: "Pequeño Saltamontes".
Yo, con 5 años, sentado en los escalones de casa.
=> VIDEO: Opening "El Bosque de Tallac" (Jackie y Nuca).
Los dibujos preferidos de mi infancia.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Soledad en mí

Es triste llevar colgado el eslogan: "Más vale solo que mal acompañado", porque en realidad no creo que elijamos estar solos, sino mal acompañados. En el fondo, todos anhelamos lo mismo: una persona que nos respete y valore, nos haga sonreír, nos abrace cuando lo necesitamos, y nos llene de cariño. Ese cariño que nosotros retribuiríamos sin medida. Pero hay miedo, temor a ser burlado. El entorno no es sincero, sino una especie de pantomima o banal deseo por poseer lo ajeno, por gozar un instante y... ¿Y después? No hay un después. Tampoco existió un antes. Todo se reduce a diez minutos de sexo, y la satisfacción del instinto. Pasión fingida, inventada. Decepcionante.

Vivir en soledad no significa que asimiles sentirte reconfortado en ella. No te resignas, nadie lo hace. Inadvertidamente huimos de sus garras, es suficiente con mirarnos expectantes, leyéndonos unos a otros. Siempre buscamos compañía, personas con caracteres, gustos u opiniones similares. Compartir.

Descabellado o sorprendente, esa palabra que genera tantos sentimientos de rechazo como deseos de esquivarla fue, para bien o para mal, mi institutriz, la que me construyó como persona. Para bien, porque puedo llegar con ese cúmulo de hermosos sentimientos a la gente. Para mal, porque aún conservo intactas fragilidad e ilusiones. Si, aún arde en mí ese deseo de dar, dar sin esperar, demostrar cariño, emocionarme con cualquier simbólico detalle (por insignificante que otros lo consideren).
Disfruto regalando felicidad a todas esas personas que la precisen, y posiblemente mi actitud parezca estúpida, irracional, incomprensible o absurda, pero solo llevando a cabo esta acción mi grado de dicha y armonía alcanza la cúspide. Lucho por conseguir diariamente arrancar una carcajada a las personas que me rodean, y por consiguiente las mías.

La soledad es perfecta para reencontrarse con uno mismo, es buena si sabes hacer un uso correcto y productivo de ella, no enfocándola de manera negativa. Es solamente para mí un refugio al que puedo recurrir para analizar ideas, establecerlas en un orden apropiado, pero carece de otra función. No debemos permitir que actúe como una sombra persecutoria que amenace con tambalear nuestra vida, no podemos consentirlo nunca, aunque en algunas situaciones... resulte inevitable.



=> FOTO: "Otoño en Debod" (21/11/2006).
Templo egipcio situado en Madrid desde 1968.
=> VIDEO: "Cinema Paradiso" - Ennio Morricone.